A genius named Mozart

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Salzburgo es como el escenario de un cuento.

Hay muchas y muy variadas formas de llegar a esta idílica ciudad enclavada en mitad de los Alpes. Yo lo hice  en tren desde Munich, con un billete de día, por 14 euros, y dos horas de duración el trayecto.

 Salzburgo se enriquece con una abundante historia de príncipes y princesas. Escenario también de  reales y cruentas guerras, algunas de ellas contemporáneas y cercanas. O en su caso, escenario ficticio de películas conocidas y oscarizadas como Sonrisas y Lágrimas.

Quería ver muchas cosas, así que por si acaso, me compré una tarjeta turística de día, 27 euros.

Lo primero que hice fué buscar la casa natal de Mozart. Como un peregrino llegando a Compostela, así subí yo aquellas estrechas escaleras, hasta su apartamento. Sabiendo que mi idolatrado genio, mucho antes, también las había subido como yo.

Y por fin llegué. Y me sumergí en su casa y en él, como quien lo hace en una bañera; pero cambiando las pompas de jabón por infinidad de notas musicales en perfecta sintonía. Me impregné de su espíritu y me hubiera gustado impregnarme, aunque solo fuera un poquito, de su genialidad. Pero eso ya era misión imposible.

Su viólín, su piano, sus cuadernos, sus anotaciones, recuerdos, retratos, todo su genial y discreto mundo.

No me importaba que hubiera más peregrinos por allí. Estábamos él y yo a solas. Juntos  y cogidos del brazo. Me llevó, y recorrímos sus escasas y pequeñas habitaciones, mientras me explicaba con gran excitación, cómo escribió esta Aria o aquella Ópera. Yo le miraba ensimismada. No podía hablar. Solamente le escuchaba.

Y me hibiera quedado largas horas con él, pero sabía que no me pertenecía, que pertenecía al mundo y a la historia universal, así que aunque apenada, le dejé. Me vió tan triste,que me regaló al salir uno de sus paraguas, al ver que Salzburgo también estaba llorando por la despedida.

Y salí de su casa y de su mundo con medio corazón a punto de estallar, y el otro medio encogido por la tristeza.

Pero Salzburgo me abrazó con una gran sonrisa, y dejó de llover para reconfortarme.

 Y así recorrí su maravilloso y fantasioso carco urbano. Y disfruté con sus exquisitas tiendas de moda austriaca, con paños y confecciones de excepción. Y qué decir de las chocolaterías; no podía despegar mi nariz del cristal, como si fuera una niña.

Y visité su Museo, y el Dom, y subí a la Fortaleza en funicular, y también me hice fotos en los bellos jardines de Mirabel.

Y ya no me dió tiempo a más. El tren de regreso a Munich me esperaba.

Miré por la ventanilla la verde Austria, mientras le sonreía.

Qué inmenso eres Amadeus.

Cristina.

 

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